Llevo más de una década coleccionando discos. Compré mi primer vinilo en Discos Revolver alrededor de 2015. Recuerdo perfectamente cuál fue y por qué me lo llevé aquel día. De hecho, puedo recordar dónde he comprado casi el 99% de los discos que tengo, y eso para mí ya es un logro importante, porque no se me conoce precisamente por tener una memoria súper detallada. Comprar discos físicos ha sido algo muy especial para mí desde entonces.
Claro que en casa ya teníamos discos heredados de la colección de mis padres, y yo ya los pinchaba en el tocadiscos e incluso intentaba samplearlos sin mucho éxito, pero tenía esa necesidad permanente de construir mi propia colección, llena de elecciones personales, y levantar algo que pudiera durar para siempre y no desaparecer como a veces desaparecen los bytes en un disco duro.
Con el tiempo, sin embargo, acumular tantos discos, y oye, una colección de 600 tampoco es tan grande, hay gente con barbaridades por ahí, me ha hecho darme cuenta de que muchos los compré simplemente por descubrir nuevos samples o joyas ocultas, y al final no eran tan buenos discos, ni estaban alineados con mi gusto, ni siquiera pensados para pincharlos en una fiesta. Créeme, hay algunos bastante feos de los que hasta me avergüenzo un poco y que apenas he puesto una vez.
No tiene sentido poseer tantas cosas que no disfruto y que no voy a volver a escuchar nunca. Cuando me mudé del piso de mi madre, tuve que empaquetar todos los discos y llevarlos a mi nuevo sitio. Ahí me di cuenta del espacio que ocupaban y de cuántos llevaban años sin sonar. Hice una primera criba y dejé bastantes allí, pero aun así me traje muchos pensando que volvería a escucharlos o a jugar con ellos, y no ha pasado.
